terrores nocturnos

Tumbada en la cama los espero. Mis ojos no ven más que la negra noche entrando por la ventana. Pero sé que están ahí, acechando.
Incapaz de dormir, me revuelvo en la cama. Los pensamientos resuenan en mi cabeza hasta hacerse indistinguibles y la memoria de mi cuerpo hace que me sienta enferma.
No puedo moverme. Los músculos tensos inmovilizan las articulaciones intentando parecer un cuerpo muerto. Mis monstruos no se alimentan de carroña, necesitan el pensamiento vivo para nutrirse…
Los siento acercarse. Me observan. Ya no respiro, mi cuerpo yace inmóvil bajo sus fauces y sé que sería mejor morir que descubrirme. No me importa el dolor de mis huesos, la desesperación de mis células por conseguir oxígeno… no me moveré hasta que ya no note su aliento sobre mi piel.
Se mueven. Creo que han decidido marcharse. Escucho el silencio de la habitación. La siento menos saturada. No quiero moverme, pero el terror frenético se desvanece en la habitual angustia que me abraza, reconfortante. Se han ido. Por fin se han ido. Puedo volver a respirar.
Entonces siento sus cabezas girándose, sus ojos clavados en mí. Ocultos en las sombras, esperaban. El pánico regresa recorriéndome violentamente, pero sólo mis entrañas se retuercen, mi piel es ahora una prisión que me inmoviliza.
Agachan sus deformes cabezas sobre mí. Me están oliendo. Noto su saliva caliente cayendo de las bocas ansiosas. Sólo me queda esperar, inerte, a que todo acabe. El tiempo se alarga, mi cabeza se llena con el atronador zumbido del silencio…
Todas las bestias se abalanzan sobre mí. Me devoran, engullen mi cuerpo, siento cada uno de sus dientes mordiendo, desgarrando… y el miedo se desvanece. Se van, dejando únicamente las sábanas revueltas.
Se van, pero sé que esta noche regresarán. Volverán por más, como cada noche desde que se adueñaron de mí. Sólo me pertenece el infierno de los días para recordarlos y temer su vuelta…

Nunca podré engañarlos.

the unsatisfied tale

Gustav miró a ambos lados del andén. Hizo una mueca de disgusto, no le gustaba esperar y el tren llevaba mucho retraso. Volvió al banco y se desplomó junto a su mochila. Tenía tiempo de sobra, pero ya lo había programado: fumar y quejarse lo mantendrían entretenido. Cabía la posibilidad de mirar mal a alguien, pero ese tipo de cosas era mejor decidirlas sobre la marcha.

Se encendió un cigarrillo y con su mejor cara de sufridor, empezó a pensar en todo lo que lo había llevado a esa situación tan incómoda, lo que invariablemente lo llevó a pensar en situaciones más incómodas aún. No reparó en la mujer que se había sentado a su lado hasta que tosió, espantando el humo con pequeños manotazos. Gustav la miró de arriba abajo. Si de ahora en adelante pensaba en voluptuosidad, seguro que se acordaría de aquella mujer; vestido ceñido, sandalias altas y complementos algo más carnales y, sin duda, exuberantes. Miró luego el andén, estaba prácticamente vacío. Por qué diablos se sentaría a su lado?. ‘Es igual’ pensó ‘es demasiado mayor, y esa manera de manotear el aire ha sido muy desagradable… Además, no es mi tipo’ concluyó. Una parte de él no quedó muy conforme con aquello, pero no le hizo ningún caso. Llegó un tren y la mujer subió, dejándolo solo y extrañamente aliviado.

Encendió un segundo cigarrillo y miró el reloj. Suspiró. Todos sus pensamientos parecían dirigirse inefablemente en una única dirección, aunque no podía decirse que fuera doloroso, era como arrancarse una costra, sabes que sólo la empeorarás, pero lo haces porque no puedes evitarlo. Volvió a suspirar. Una pequeña cabeza apareció de golpe junto a la suya. Dio un respingo y al alejarse pudo comprobar que estaba pegada a un cuerpo menudo, pero, desde luego, no pequeño… al menos no las partes que quedaban a la altura de su visión. ‘Vaya’ se dijo ‘esto es otra cosa’. La muchacha no paraba de balancearse frente a él, sonriendo expectante. Gustav la miraba embobado, y aunque no entendía cómo había aparecido allí, no le importaba demasiado. ‘Que si tienes fuego’ dijo ella, conteniendo una risita. Parpadeó. No le pareció una pregunta muy adecuada, hasta que vio que ella tenía un cigarrillo en la mano y su cerebro ganó finalmente la batalla contra otras partes aparentemente más activas. ‘Toma’ dijo, tendiéndole el mechero. Mientras se encendía el cigarrillo pudo verla en conjunto, trenzas rubias, vestidito rosa, zapatillas. ‘Parece muy joven’ pensó ‘y no le pega nada fumar’. Iba a decir algo, pero lo pensó mejor, ‘No es más que una cría’ se dijo, ‘probablemente no diga más que bobadas’. Y aunque había muchas más partes en descuerdo con esa idea, lo dejó pasar. ‘Gracias’ dijo ella, devolviéndole el mechero. ‘De nada’ respondió, y no dijo nada más. La chica lo miró un poco y al ver que la ignoraba, se fue a otro banco. Al rato escuchó risas y vio que ahora hablaba con un revisor, que también reía. Se encogió de hombros ‘Puede que congenie con el revisor, pero es mucho más difícil entretenerme a mí’. Una parte de él definitivamente lo odiaba.

Al rato volvió a encontrarse solo en el andén. Se desperezó ruidosamente. Estaba atardeciendo, cada vez hacía más frío, casi no le quedaba tabaco y empezaba a sentirse bastante molesto con todo. Se encendió el último cigarrillo. ‘Mierda’ dijo dirigiéndose a las vías cada vez más oscuras. La vida estaba resultando un verdadero asco. Intentó centrarse en las volutas de humo para no pensar más. ‘Es el último’ se dijo automáticamente, esa era la clase de pensamientos que no ayudaban en momentos como ese. Suspiró, a veces estaba muy cansado de ser él mismo. Mientras repasaba de modo mecánico todas las cosas que no le gustaban de sí, apareció una tercera mujer. Quizás no fuera tan generosa como las anteriores, pero era hermosa. Todo en ella era proporcionado, su cuerpo parecía elástico y sensual como el de un gato y tenía unos ojos inteligentes enmarcados en dulces facciones que dirigió hacia él para dedicarle una sonrisa a modo de saludo.

Se quedó embelesado observando sus cabellos, castaños y rojizos con la última luz del día. Casi se había olvidado de respirar. No podía recordar cuándo había sido la última vez que el corazón le había latido tan fuerte, en realidad no podía pensar en nada y ni siquiera fue capaz de sorprenderse por ello. Tenía miedo de parpadear y que desapareciera. Su cerebro volvió al ataque y con gran esfuerzo intentó controlar la situación. Como consecuencia se sintió bastante tonto, pero entonces cayó en la cuenta de que estaban esperando el mismo tren y su corazón volvió a desbocarse. Aquello era fantástico! podría ingeniárselas para ponerse a su lado y empezarían hablando del viaje para acabar abriendo sus corazones. El cerebro hizo una mueca. Eso era absurdo y seguramente la mujer se molestaría si se sentaba a su lado y se ponía a hablarle por las buenas, cuando estando en el andén la había ignorado. ‘Pero no la ignoro!’ pensó. ‘Ella no lo sabe y probablemente sea mejor así, créeme’ se contestó. A veces se detestaba profundamente. Cogió su mochila y se situó a una distancia estratégica, lo bastante lejos para que no se sintiera incomoda, pero suficientemente cerca para no tener que gritar cuando se le ocurriese algo que decir. ‘¿Pero qué?’. Sacó el billete y se mordió el labio. Ella le sonrió de nuevo. Sintió que estaba a punto de sonrojarse. ‘No seas idiota’ se dijo, ‘si le interesases lo más mínimo ya te habría dicho algo, sólo te ha sonreído porque estáis solos en el andén y la estás poniendo nerviosa’. Carraspeó, tenía que pensar algo rápido, el tren ya se veía a lo lejos. Sudaba, estrujando el paquete vacío en su bolsillo como si se estrujase las ideas. ‘Mierda! ¿Por qué es tan difícil?’. La mujer recogió su bolsa del suelo mientras el tren entraba en la estación. ‘Ya está, es tarde. Has perdido tu oportunidad, pero casi mejor, estas cosas sólo traen problemas’. El pensamiento no lo convenció en absoluto. Se debatió, pero sentía como si el aire pesase mucho más sobre él. El tren frenó con un chirrido que le heló la sangre. Las puertas se abrieron, la chica ya había subido. Se le hizo un nudo en la garganta y los ojos se le nublaron. Ella se volvió a mirarle, extrañada. Gustav consiguió colocarse bastante cerca de la puerta para empezar a subir, pero sentía sus pies como plomo. ‘¡No!’ gimió para sí. Pero el revisor tocó su silbato y las puertas se cerraron con un ruido sordo. La chica se quedó contemplándolo a través de la puerta. Todavía podía gritar que le abrieran, todavía podía hacer algo. El tren se puso en marcha. ‘¡No, no, no!’ gritaba en silencio.

Y el tren se alejó. Gustav quedó petrificado en el andén lo que le pareció una eternidad. Sus emociones se habían colapsado, pero su cerebro consiguió abrirse paso nuevamente. Recogió su mochila del suelo. Había perdido el tren, pero probablemente era mejor así, no tenía ninguna gana de viajar. Aún se sentía algo inestable, pero no lo pensó mucho. Aquello había sido bastante estúpido. Entró a la estación y compró tabaco. Ya se sentía casi normal. ‘Espero’ se dijo mientras salía a la calle helada ‘que el tren de mañana no tenga retraso’.

...

Poco a poco el sentimiento se volvió más frío, más estático. Como una enfermedad crónica se iba tornando invisible, cubriendo su corazón de finas capas de escarcha.

Poco a poco se acostumbró a no sentir.

Pero a veces el maltrecho corazón intentaba volver a latir.
Con gran esfuerzo empujaba la dura coraza que lo aprisionaba. Si era lo bastante fuerte, lograba quebrarla y miles de astillas se clavaban en él. El dolor era siempre tan intenso que dejó de esforzarse y se resignó a la oscuridad.

Poco a poco el corazón se achicaba, las paredes lo oprimían cada vez más. Cansado y herido, bombeaba sangre a un cuerpo que ya no recordaba. Cada vez más débil, cada vez más triste, se olvidaba de la vida.

Un día el corazón, endurecido y agotado, se cansó de sufrir y decidió, con su último latido, romper el muro que lo había escondido del mundo.
El ruido fue atronador, alto y grave, como miles de fuegos artificiales, cuando bombeó con todas sus fuerzas la sangre, destruyéndolo todo a su paso.

El corazón roto, con lo que hubiera sido un último suspiro, se fue en paz.


por petición del público...

ala, creado (xD)